Uso de dispositivos electrónicos en la adolescencia y su relación con la salud mental
DOI:
https://doi.org/10.5538/2385-703X.2026.30.52Resumen
En los últimos años, uno de los retos más importantes para los profesionales sanitarios y educativos es mantenerse al día sobre la evidencia científica emergente en salud mental juvenil. Entre los ámbitos que han generado mayor interés, destaca el impacto del uso de dispositivos digitales y redes sociales en el bienestar psicológico de niños y adolescentes. Este fenómeno ha cobrado especial relevancia debido al incremento de los problemas de salud mental en esta población, como síntomas depresivos, ansiedad, trastornos del sueño o alteraciones de la conducta, coincidiendo con un aumento exponencial en el uso de tecnología interactiva.
Lejos de tratarse de un fenómeno homogéneo, la relación entre tecnología y salud mental es compleja. Las investigaciones recientes sugieren que un uso excesivo de pantallas puede asociarse a malestar emocional, peor calidad del sueño, menor autoestima y mayor riesgo de síntomas depresivos y de trastornos alimentarios. También se han observado asociaciones a la ideación suicida y a niveles más altos de estrés, especialmente, cuando utilizan dispositivos durante períodos prolongados, en particular, en redes sociales y mensajería instantánea. Sin embargo, la evidencia también indica que ciertos usos pueden tener efectos positivos, como facilitar la conexión social o proporcionar apoyo emocional, y que los tamaños del efecto suelen ser modestos y estar muy influidos por factores como el contexto familiar, el sueño o las experiencias de ciberacoso.
A pesar del creciente volumen de estudios, persisten desafíos importantes: heterogeneidad metodológica, predominio de diseños observacionales y dificultades para establecer causalidad. Aun así, los patrones más consistentes apuntan a que el riesgo aumenta cuando el uso es prolongado, nocturno, pasivo o vinculado a presión social, y cuando se acompaña de falta de sueño, menor actividad física o dificultades familiares. Las intervenciones basadas en educación digital, alfabetización mediática, terapia cognitivo-conductual, participación familiar y programas escolares muestran beneficios, aunque la evidencia sigue siendo limitada y muchos estudios requieren mayor robustez.
En este escenario, sintetizar la evidencia disponible es fundamental para orientar la práctica clínica, educativa y preventiva. Actualizar el conocimiento permite identificar señales de alarma, promover hábitos tecnológicos saludables, desarrollar programas más eficaces y contribuir a políticas públicas que equilibren los beneficios del entorno digital con la protección de la salud psicológica de los jóvenes. La formación continua y el trabajo intersectorial (salud, educación y familias) son claves para acompañar adecuadamente a una generación que crece en entornos altamente digitalizados y que requiere respuestas basadas en la evidencia, sensibles y adaptadas a su realidad.